jueves, 19 de noviembre de 2009

Derecho al quejo

Desde pequeña oí quejarse a los mayores del trabajo: que si es cansado, que si aburrido, que si el jefe es un capullo, que si ahora me quieren echar, que si no me pagan lo que me tiene que pagar. Y no lo decían sin razón, no. Así crecí yo y la mayoría de los que crecimos en familias humildes. Creo que nunca me planteé mucho cómo sería mi vida laboral ya que el trabajo nunca fue una de mis mayores inquietudes. Sí que lo era la universidad, el vivir fuera, el viajar, pero el trabajo que obtendría después de la universidad, no, por supuesto que no era algo que me preocupara cuando era pequeña...ni adolescente...ni en los inicios universitarios. Pero claro, este momento llegó y calló como de la nada. Pero me gustó; es más, me encantó y decidí dedicarme a ello. Ese trabajo me permitía conocer gente, viajar, enseñar, aprender, tener un sueldo correcto. Así que al año siguiente repetí y para colmo en una isla paradisíaca del Caribe, trabajando 12 horas semanales, ¿Se le podía pedir algo más a la vida? ¿Tenían razón aquellos adultos que tanto se quejaban en mi infancia? Claro que la tenían; no todo el mundo tenía la misma suerte que yo, a algunos les tocaba enlomarse y soportar situaciones desagradables día tras día para ganar un sueldo mileurista y con un jefe capullo. Pero mi cuento de hadas no terminó con fueron felices y comieron perdices. Quizás termine así, pero en fin, soy joven para cerrarlo y guardarlo en la estantería.
El caso es que volví a España, ese lugar con el que a algunos se les llena la boca al pronunciarlo y aquí estoy desde hace cinco meses y medio. Nunca fui patriota pero ahora menos. En realidad cuando vivo fuera sí que lo soy un poco, es normal, las raíces tiran, pero en cuanto vuelvo y estoy una temporada me entran las ganas de volver a sentir esta nostalgia desde lejos. Conclusión, que encontré un curro de mierda, aburrido, monótono, en el que no aprendo ni enseño nada y que aquí sigo, sentada ante un ordenador, sin ver el sol ni la luna y sin sentir más frío o calor del que el ordenador o el aire acondicionado desprenden. Mi madre me dice que no debería de quejarme, que hay gente mucho peor y ¡Claro que la hay! Pero seguro que ellos también se quejan...¡Exijo mi derecho al quejo! Pero ante el quejo está la acción y por eso tarde tras tarde envío CVs al otro lado del mundo, de la ciudad, del país...Ahora sólo queda esperar, la suerte está echada y esperemos que si no me toca un trabajo en Bali, por lo menos que me toque el Gordo, pues ¿No dicen que la suerte es para todos? Eso espero, mucha suerte para todos aquellos que sueñan.

domingo, 15 de noviembre de 2009

El toro "embolado"

Ayer, como cada segundo sábado de noviembre, Medinacelli se volvió a convertir en capital mundial de la tortura a los animales. "La fiesta es la fiesta", decía alguno. Ante tal argumento - prueba de que el cerebro y el sentido común en las humanos no se desarrolló tanto como se pensaba - poco más se puede añadir.

sábado, 7 de noviembre de 2009

"La Tierra está sorda"

Barricada, la banda de rock navarra, ha lanzado su último disco dedicado exclusivamente a la recuperación de la Memoria Histórica. En 18 cortes la banda de la Chantrea recupera parte de esa historia enterrada en los años de la idealizada Transición.
Bonito homenaje a la España demócrata y republicana, la misma que hoy, aún, sigue bajo toneladas de tierra.




En Noticias de Navarra el grupo hace un repaso a la intrahistoria de cada canción. Léalo aquí.

viernes, 6 de noviembre de 2009

La democracia prudente

Juan Carlos Monedero, profesor de Ciencia Política en la Universidad Complutense de Madrid, firma el siguiente artículo en Público (6 de noviembre de 2009)

El fallecimiento, a los 91 años, del general Sabino Fernández-Campo, ha logrado que la prudencia, ejemplificada en su trato agradable, sea una vez más presentada como la virtud principal de la democracia. Prudencia entendida como amabilidad, pero también como información limitada, como desmovilización de la queja, prudencia para cambiar lo mínimo con el fin de que las cosas no muden en exceso.

A nadie beneficia el descrédito de los políticos, se repite. La tarea del juez Garzón procesando a políticos ladrones no sería sino uno más de sus atentados contra la prudencia. Como si detrás de los políticos actuales sólo cupiera el precipicio. Gürtel y Santa Coloma serían señales de una sociedad enferma, no de una clase política herida de posfranquismo. Deben tratarse, pues, con suma prudencia. La prudencia sólo sopla en una dirección. Una autoamnistía permanente brindada a sí mismos por aquellos que tienen prudentes puntos de vista sobre la inconveniencia de dar excesiva participación a pueblos interesados en otros menesteres.

Sabino Fernández-Campos era, nos recuerdan, pura prudencia. Cuando murió la secretaria de Dolores Ibárruri, Irene Falcón –combatiente por la República, perseguida, presa, torturada, exiliada– los medios callaron. Esa misma semana moría la madre del rey Juan Carlos. Toda la prensa alabó su esencial papel durante la Transición (habría logrado que el rey hablara con su padre, al que no le hacía mucha gracia perder su empleo en favor del hijo). Formas de construir la historia. Los que lucharon por la democracia se han estado marchando uno a uno en estricto silencio. Para despedirse a paso de vencedores, aún hoy, es necesario haber pertenecido al otro bando.

Una valoración se ha repetido del general que un día se levantó contra el Gobierno republicano: “Discreción, lealtad y prudencia”. Fue un militar que durante toda su vida –incluso en democracia– defendió la conveniencia del golpe que sumió a España en una guerra civil y desembocó en una dictadura militar durante cuatro décadas (a la que sirvió puntualmente en el Ministerio del Ejército). Sus grandes hitos democráticos consistieron en frenar información sobre la disonancia cognitiva entre la práctica y la teoría católica, apostólica, romana y matrimonial de la Casa del Rey; en tapar indiscreciones sexuales, sentimentales o económicas de ese entorno; en gestionar las lucrativas amistades del rey –Alberto Cortina, Alberto Alcocer, Javier de la Rosa, Manuel Prado y Colón de Carvajal, Mario Conde– y en construir las necesarias y prudentes distancias cuando esas mismas amistades se convertían en peligrosas.

Le debemos, dicen, la frase que detuvo el golpe del 23-F. Alfonso Armada, ex preceptor del rey y secretario general de la Casa del Rey, ni estaba ni se le esperaba la noche del 23-F en la Zarzuela. ¿Es que tenía sentido lo contrario? ¿Por qué quería reunirse con el rey? Y en definitiva ¿tiene tanto poder una frase? Ante las dudas, ¿no sería más saludable para la democracia española que Fernández-Campos hubiera contado todo lo que sabía? Prudencia.
Las democracias se construyen sobre palabras, no sobre silencios. Por eso la memoria es un oficio de palabras y, como el lenguaje, es colectiva. Los olvidos se alzan sobre el silencio de los cementerios y sobre la violencia de la exclusión. La democracia, incluso, es un grito. De ahí el Discurso fúnebre de Pericles, el de Bolívar en Angostura, Lincoln en Gettysburg, Azaña y su Piedad y perdón, Gandhi y su no violencia, la resonante voz anticolonialista de Guevara en la ONU o de Mandela ante sus jueces-carceleros. Quien hurta información a los pueblos quizá sea prudente, pero está por demostrar que sea demócrata.

La democracia española, desde la Transición, viene guardando silencio y obligando a impostar la voz para lograr un espacio público. Han hecho falta 30 años para entender que el medio de comunicación por excelencia de la Transición era, sobre todo, un negocio. Hemos guardado silencio respecto de los 150.000 patriotas asesinados por Franco y que están enterrados en campos y cunetas; guardado silencio sobre el éxito del 23-F, que disciplinó a la España indómita, sentó las bases para la mayor gloria de la monarquía y aseguró el buen comportamiento del PSOE; silencio sobre la falta de soberanía de nuestro país y silencio sobre los escasos mimbres democráticos del conjunto de los partidos heredados de 40 años de dictadura. La monarquía nacional católica española ha construido su hegemonía con silencios. Infante significa “el que no fona”. Los infantes siempre necesitan a un adulto. Quien no tiene voz, necesita tutela. Pueblos sin voz condenados al silencio y permanentemente vigilados. Un sentido común sostenido con silencios. Prudencia democrática.

Una carta enviada por un jubilado a un diario resumía toda esta sátira. Mientras daba su paseo diario escuchando la radio, oía al rector de la Universidad Nacional Autónoma de México dar las gracias por el Premio Príncipe de Asturias recibido. En su agradecimiento citó al exilio republicano, sin el cual la UNAM nunca hubiera tenido el mismo desarrollo: “Aquellos extraordinarios hombres y mujeres del exilio español que nos enriquecieron hace 70 años”. En ese momento, cuando el abuelo caminante esperaba el atronador aplauso de la gente que ocupaba todas las localidades del salón Covadonga del Hotel Reconquista de Oviedo, sólo sintió en sus oídos el estruendo de un estremecedor silencio. Nadie en aquella sala consideró conveniente regalar un simple aplauso a ese roto y reconstruido exilio antifranquista, republicano y demócrata.
Seguro que fue también una cuestión de prudencia.