Si un buen día nos acercásemos a la consulta de un doctor Chandler cualquiera, en, por ejemplo, Normal, Illinois y le explicásemos cuánto disfrutamos con la sangre, con ver sufrir a un mamífero superior; si le explicásemos lo que jaleamos y nos emocionamos cada vez que alguien clava una espada, un punzón enorme o una lanza a un animal y lo que nos divierte ver cómo agoniza un toro mientras sus pulmones se encharcan de sangre... Y si encima rematásemos nuestra historia argumentando al pobre doctor (lo imaginamos ya pálido como un queso de Burgos) que eso lo consideramos la fiesta patria y un arte en toda regla...
Si le contásemos todas estas cosas a un Doctor Chandler cualquiera, y el pobre galeno resistiese aún en su silla de ruedas de tapizado jaspeado, es muy posible que nos achacara un grave problema mental.
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