En la mayoría de los casos, el federalismo "de facto" que impera en el país ha tenido éxito, con notables avances. Pero esto no ha sido así en todos los casos.
El movimiento popular de abajo a arriba, base fundamental del sistema democrático, fue olvidado en el nacimiento de Castilla y León. Los grandes caciques de cada provincia supieron mover sus hilos aprovechándose de la pasividad de gran parte de la población y pese al rechazo de la sectores activos que entendían el fracaso al que se abocaban sus tierras. Manifestaciones en León o Burgos; rechazo unánime en la provincia de Segovía. El movimiento fue estéril: el Engedro nació.
Dos regiones históricas: León y Castilla; dos pueblos con historias diferentes, muchas veces enfrentadas; dos tradiciones, dos idiosincrasias. El Reino de León, heredero de la tradición visigótica del Reino de Toledo, regidos por el Fuero Juzgo, nacido a la vera de los mitos de Don Pelayo del Reino Astur y protagonista de la reconquista de la zona oeste de la península. Castilla, escisión del Reino de Asturias, zona de hombes libres que llegaban de las montañas cántabras y vascas (foramontanos) que, a orillas del Arlanzón, quemaron la consitución leonesa como símbolo de independencia castellana.
Hoy, 26 años después del nacimiento de este Frankeinstein hijo de los laboratorios de experimentación política, León y Castilla siguen sufriendo a sus ineptos políticos y las consecuencias de una unión sin sentido que sólo benefició a las provicias centrales, y que son las únicas en las que el "sentimiento regional" supera el 7%, lo que sitúa a Castilla y León, última en "sentimiento patrio".
¿Qué sentido tiene Castilla y León? El mismo que la Comunidad Autónoma de Galicia-Asturias o de Aragón-Cataluña. Es decir, cero.
Fuentes: "La cuestión regional de Castilla" (Luis Carretero Nieva); Breviario Castellano; "La personalidad de Castilla en el conjunto de los pueblos hispánicos" (Anselmo Carretero)
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